
Me fui dando cuenta de que Dupont no tenía relaciones largas con nadie y pronto creí descubrir por qué. A su manera, estaba convencido de que la heterosexualidad de Maurice era un catarro pasajero, algo de lo que acabaría curándose y entonces él estaría allí, esperándole con los brazos (y algo más) abiertos de par en par. Yo para él era un moco, chicas, nada más que un enorme mocarro polaco que acabaría por desaparecer, con su inestimable ayuda, de las narices y la vida de su amor.
Adel escupe las palabras cuando habla del repelente Dupont. Ha pasado mucho tiempo desde que la historia acabó, pero la sombra rechoncha y perfumada de aquel librero francés sigue resultándole odiosa. Después permanece un rato en silencio.
Nena la mira con los ojos como platos, y espera que le cuente cómo al final todo se solucionó milagrosamente. No le cuesta trabajo imaginar reconciliaciones gloriosas en el andén de una estación, al pie de un tren a punto de partir, necesita creer en el amor ahora que ha descubierto el affaire de su marido y una bibliotecaria con ojos de vaca asturiana (permanezcan atentos a su pantalla, porque esta historia se las trae y hay que narrarla con calma y una buena cerveza delante). Marta Sánchez 2 parece algo impaciente y mira de vez en cuando el móvil. Se está pensando lo de aceptar las proposiciones indecentes que le hace por SMS un tipo al que conoció por internet y a quien todas nos referimos con el sobrenombre de "El fantasma de los ojos azules", porque está casado y le ha puesto dos condiciones: a) si consiente en verlo, deberán citarse en casa de Marta Sánchez 2, de noche, b) él llevará una máscara que cubrirá su rostro todo el tiempo, incluso mientras follan. Yo estoy verdaderamente interesada en saber qué pasó con el cerdo de Dupont, que a estas alturas me cae como el auténtico culo.
-Pues nada, chicas, allá va lo que pasó después. Muy fuerte.
Por Navidades Dupont insistió en invitarnos a cenar en su casa. Una tía abuela le había dejado al morir unos francos y quería disfrutarlos con sus mejores amigos, según le dijo a Maurice. Yo no tenía dinero para el billete a Polonia, Maurice nunca celebraba en familia las fiestas porque su madre vivía en Londres con su segundo marido y su padre había muerto en un accidente de tráfico ocho años atrás. Dupont no se hablaba con la suya desde que plantó a su mujer y a sus dos hijos adolescentes por todos los culos peludos que acechaban en el Sena, así que estábamos predestinados a pasar juntos aquel mal trago.
Había rosas y velas, y champán, foie y servilletas de hilo. Pero el baño del apartamento era tan pequeño que allí no se podía hacer nada sin que los del comedor se enteraran, y además tenías que mear en cuclillas, porque no había taza de water, sino una especie de reja en el suelo. Como si la miseria de la casa no fuera cosa suya, Dupont se había puesto corbata dorada. Se había cortado al afeitarse y todavía llevaba un trozo de papel higiénico pegado en la cara cuando salió a abrirnos la puerta. Maurice estaba especialmente guapo aquella noche, me fijé en que Dupont lo miraba hambriento, igual que si mi novio fuera una pizza andante, antes de retroceder un paso para dejarnos entrar a su mierda de guarida.
Comimos y bebimos con una ópera horrible de fondo musical. Yo bebí más que comí porque empecé a sufrir paranoias. Pensé en un momento dado que ellos dos se estaban tocando los pies por debajo de la mesa. Imaginaba claramente el zapato bicolor de Dupont avanzando centímetro a centímetro, en busca de la piel de Maurice, que se había descalzado nada más llegar. No tiene mucho sentido, pero lo pensé, chicas, y cada vez que esa idea me venía a la cabeza y miraba sus rostros, sospechaba de las sonrisas que intercambiaban, de los silencios, y me daba por beber medio vaso más de vino. Que se joda tu herencia, Dupont, me la voy a pimplar entera, me decía por dentro, pero nada conseguía que se me pasara aquella sensación de estar siendo engañada por esos dos anormales...






