martes 12 de agosto de 2008

A veces Dupont (IV)


Me fui dando cuenta de que Dupont no tenía relaciones largas con nadie y pronto creí descubrir por qué. A su manera, estaba convencido de que la heterosexualidad de Maurice era un catarro pasajero, algo de lo que acabaría curándose y entonces él estaría allí, esperándole con los brazos (y algo más) abiertos de par en par. Yo para él era un moco, chicas, nada más que un enorme mocarro polaco que acabaría por desaparecer, con su inestimable ayuda, de las narices y la vida de su amor.
Adel escupe las palabras cuando habla del repelente Dupont. Ha pasado mucho tiempo desde que la historia acabó, pero la sombra rechoncha y perfumada de aquel librero francés sigue resultándole odiosa. Después permanece un rato en silencio.
Nena la mira con los ojos como platos, y espera que le cuente cómo al final todo se solucionó milagrosamente. No le cuesta trabajo imaginar reconciliaciones gloriosas en el andén de una estación, al pie de un tren a punto de partir, necesita creer en el amor ahora que ha descubierto el affaire de su marido y una bibliotecaria con ojos de vaca asturiana (permanezcan atentos a su pantalla, porque esta historia se las trae y hay que narrarla con calma y una buena cerveza delante). Marta Sánchez  2 parece algo impaciente y mira de vez en cuando el móvil. Se está pensando lo de aceptar las proposiciones indecentes que le hace por SMS un tipo al que conoció por internet y a quien todas nos referimos  con el sobrenombre de "El fantasma de los ojos azules", porque está casado y le ha puesto dos condiciones: a)  si consiente en verlo, deberán citarse en casa de Marta Sánchez 2, de noche, b) él llevará una máscara que cubrirá su rostro todo el tiempo, incluso mientras follan. Yo estoy verdaderamente interesada en saber qué pasó con el cerdo de Dupont, que a estas alturas me cae como el auténtico culo.
-Pues nada, chicas, allá va lo que pasó después. Muy fuerte.
Por Navidades Dupont insistió en invitarnos a cenar en su  casa. Una tía abuela  le había dejado al morir unos francos y  quería disfrutarlos con sus mejores amigos, según le dijo a Maurice. Yo no tenía dinero para el billete a Polonia, Maurice nunca celebraba en familia las fiestas porque su madre vivía en Londres con su segundo marido y su padre había muerto en un accidente de tráfico  ocho años atrás. Dupont no se hablaba con la suya desde que plantó a su mujer y a sus dos hijos adolescentes por todos los culos peludos que acechaban en el Sena, así que estábamos predestinados a pasar juntos aquel mal trago.
Había rosas  y velas, y champán, foie y servilletas de hilo. Pero el baño del apartamento era tan pequeño que allí no se podía hacer nada sin que los del comedor se enteraran, y además tenías que mear  en cuclillas, porque no había taza de water, sino una especie de reja en el suelo. Como si la miseria de la casa no fuera cosa suya, Dupont se había puesto corbata dorada.  Se había cortado al afeitarse y todavía llevaba un trozo de papel higiénico pegado en la cara cuando salió a abrirnos la puerta. Maurice estaba especialmente guapo aquella noche, me fijé en que Dupont lo miraba  hambriento, igual que si mi novio fuera una pizza andante,  antes de retroceder un paso para dejarnos entrar a su mierda de guarida. 
Comimos y bebimos con una ópera horrible de fondo musical. Yo bebí más que comí porque empecé a sufrir paranoias. Pensé en un momento dado que ellos dos se estaban tocando los pies por debajo de la mesa. Imaginaba claramente el zapato bicolor de Dupont avanzando centímetro a centímetro, en busca de la piel de Maurice, que se había descalzado nada más llegar. No tiene mucho sentido, pero lo pensé, chicas, y cada vez que esa idea me venía a la cabeza y miraba sus rostros, sospechaba de las sonrisas que intercambiaban, de los silencios, y me daba por beber medio vaso más de vino. Que se joda tu herencia, Dupont, me la voy a pimplar entera, me decía por dentro, pero nada conseguía que se me pasara aquella sensación de estar siendo engañada por esos dos anormales...

domingo 27 de julio de 2008

A veces Dupont (III)


París es una ciudad triste para vivir allí si uno se siente desgraciado, dice Adel, haciendo una pausa. Tras el subidón de los primeros meses con Maurice, en los que todo todo había sido tan perfecto, tuvimos a Dupont hasta la sopa. París dejó de ser un decorado de ensueño, el fondo idílico para una historia sin tomas falsas ni errores de guión. Dupont llamaba a todas horas, venía a cenar y a veces se quedaba a dormir. No pedía permiso a nadie, sino que después de cenar y de conversar durante un par de horas, decía en voz alta que estaba un poco cansado y nosotros dos nos poníamos en pie, como hermanitos obedientes que hubieran recibido una orden inapelable de su padre para irse a dormir. Dupont extendía la cama turca y se desnudaba a oscuras, con naturalidad y lentitud, como si quedarse en bolas delante de Maurice fuera su afición favorita. Yo en cambio no me quitaba el pijama y permanecía petrificada en la esquina del colchón como un maniquí, mientras que Maurice ni se inmutaba, y tampoco hacía ademán de tocarme en esas noches. Al despertar, dice Adel, miraba hacia la cama turca con la esperanza de que Dupont hubiera sido un mal sueño provocado por una digestión pesada, pero el dinosaurio seguía estando allí, observándome también y sonreía, maligno. Yo me sentía fatal, como si aquel calvo seboso de brazos blancuzcos fuera nuestro monstruoso bebé, tumbado en su cuna cerca de la cama que Maurice y yo compartíamos, recordándonos que formaba parte de nuestras vidas para siempre.

A Adel, nacida en Cracovia, le encantan las etimologías. Piensa que el nombre de Dupont no era casual, sino que el destino había tenido mucho cuidado en etiquetarlo debidamente antes de ponerlo en circulación por el mundo: Dupont, del puente, ese le gustaba frecuentar después de una cena ligera, a él, que era tan obsesivo en el aseo de sus uñas y tenía un apartamento caja de cerillas limpio como una patena. Adel añade, para ampliar nuestra cultura, que "dupa" quiere decir "culo" en polaco. Dupont nos contaba con pelos y señales sus affaires anales junto al Sena. Su guarrería no tenía fin, le gustaban los tipos peludos y sudorosos, con manos hoscas. Le gustaba que le escupieran en la espalda, que le empujaran contra el muro a cada embestida. Que pasara gente cerca de donde se lo estaban follando como a una perra. Y a Adel le daban arcadas mentales cuando se imaginaba al puerco de Dupont, que olía siempre a violetas, con los pantalones de raya planchada enroscados alrededor de los tobillos y su enorme culo blanco en pompa, pero el caso es que Maurice le escuchaba divertido, y a veces hasta le pedía más detalles de su último polvo, le preguntaba cosas como "¿la tenía grande?", o "¿de verdad dejaste que te hiciera eso, cochon?". Entonces yo me levantaba y llevaba los platos a la fregadera, dice Adel.
No podía soportarlo.

blythe
Originally uploaded by vavilov

miércoles 23 de julio de 2008

A veces Dupont (II)


Indian Summer!
Muy pronto, Adel Scott conoció a Dupont, el mejor amigo de Maurice. "Él me adora y quiere saber quién es la princesa que me ha robado el corazón", le dijo una noche en la cama su francés a mi amiga, "vendrá mañana a vernos", y ella trató de sonreír, pero maldita la gracia que le hacía conocer a aquel amigo adorador que se quedaba a dormir algunas noches en la camita turca, a los pies del colchón de Maurice. "Hablamos de libros y nos dan las tantas...", le explicó él, pero Adel no podía explicar por qué la sola mención del nombre de encendedor francés de aquel tipo le producía un malestar tan enorme como una resaca de champagne barato. Ah, queridas, de alguna forma yo sabía que el tal Dupont era una lagarta..., nos dice Adel, relamiéndose como una gata ante la expectación que ha logrado crear durante la comida pero sin adelantar más datos. Las cuatro estamos sentadas en El Hemisferio, acompañadas de los primeros cafés con hielo de la tarde.
Dupont se presentó a las cinco de la tarde del día siguiente en el apartamento, puntual como una factura. Casi me meo de risa, dice Adel, porque apareció con sombrero y capa negra, y lo que es peor, con una rosa roja de tallo largo entre las manos. Casi me meo, puntualiza,pero de pronto me dio repelús, porque pese a su aspecto de mago de tercera y sus modales trasnochados, Dupont me miró con ojos de vieja rival al entregarme la rosa.
Tenía una espina, pero no la vi a tiempo. Me pinché. Fui al cuarto de baño a por un algodón para limpiarme la gota de sangre. Desde ahí podía oír cómo  Maurice y el mechero que iba a incendiar nuestras vidas cuchicheaban y se reían, sentados en el sofá.

Originally uploaded by peppercorn_pixie

lunes 21 de julio de 2008

A veces Dupont (I)


CASTRO Blythe gathering!
Originally uploaded by Keera
Obviamente, Adel Scott no es el verdadero nombre  de mi amiga, sino el seudónimo que usa para hablar de sí misma en el tiempo en que vivió en París, antes de que una volada de Cierzo la trajera a Zeta, porque así, Adelscott, se llamaba la cerveza oscura y un poco dulce que solía beber  siempre que salía de bares con su amiga lesbiana, Sophie. Una de aquellas noches de primavera  del año 1999 un tipo netamente parisino, que llevaba ya un buen rato mirándola desde otro velador, se decidió a acercarse a la mesa que ambas ocupaban en una terraza y les dio conversación. Parecía encantador y las dos se rieron mucho cuando  hizo una caricatura muy graciosa de cada una en sendas servilletas de papel. Justo entonces Sophie recibió un mensaje de su novia, una adolescente  americana que casualmente también era su alumna en el instituto donde daba clases. Sophie estaba loca de amor por aquella chica de Iowa, se había comprado un móvil para estar siempre localizable y le faltó tiempo para dejarlos a solas. El guapo dibujante aprovechó la oportunidad para escribir al pie de la caricatura de mi amiga Adelscott, tras fijarse en su botellín de cerveza, y una pregunta, cursi y francesísima, a saber: ¿puedo besarte?

Muy cursimente también, mi amiga Adel Scott decidió casi ipso facto que aquel era el hombre de sus sueños: guapo, desgarbado, creativo y francés, más francés que una baguette. No faltaba nada en el lote, creedme, chicas, dice ahora, mientras esperamos a que nos sirvan en el Baobab, un vegetariano de la zona de la Universidad. Maurice era ilustrador de cuentos para niños y a veces le daba por pintarle con un rotulador conejitos y otras pijadas enternecedoras en la espalda, cuando estaban desnudos sobre el colchón de su cuarto. Se comían a besos junto al Sena y en verano viajaron juntos a la India. Aquello les unió tanto, tanto, cuenta Adel Scott hincándole el diente a su crêpe de berenjena, que a la vuelta él insistió en darle una llave de su estudio de 30 metros. Sin embargo, la primera mañana que se despertó como habitante oficial de aquella maqueta de palacio que le hacía pensar inevitablemente  en una casa para enanos de jardín, y aunque se sentía realmente muy feliz con aquel hermoso brazo desnudo de hombre rodeándole la cintura como para no dejarla marchar... , Adel Scott  reparó por vez primera en la siniestra cama turca que parecía espiarles desde una esquina del minidormitorio.

-Zuzú, preguntó entonces, ¿quién duerme en esa cama?
-Mmmm.
-Zuzú cheri, ¿quién duerme en esa cama turca?
Maurice tardó aún unos segundos en contestar, pero al final abrió los ojos, como si recordara algo verdaderamente importante.
-Dupont, ma princesse, a veces Dupont, contestó al fin antes de darse media vuelta y llevarse consigo aquel brazo ligeramente bronceado que a Adel Scott le gustaba tanto como el pan francés.
Y así, gracias a la fea cama turca de muelles chirriantes que amenazaba con adueñarse de un espacio del que en realidad no disponían en aquel miniestudio del centro de París, fue como Adel Scott supo de la existencia de Dupont, el amigo viejo de Maurice, un ex abogado calvo de cuarentaytantos que un día dejó su trabajo, plantó a su prometida y reconoció de forma escandalosa que a él lo que le gustaba de verdad era ser librero de día y perderse de noche  bajo el puente del río con el rostro oculto tras un antifaz, en busca de tipos desconocidos con los que no mediaba palabra antes de bajarse los pantalones y ponerse a su entera disposición. Ah, apunta malévola Adel Scott mientras mastica  con auténtico deleite un champiñón, al muy guarro también le encantaba que se le mearan encima...

(Continuará, claro)

domingo 20 de julio de 2008

utilidades


symmetry
Originally uploaded by killer blythes
Mientras se guarda en el bolso el sobre de azucarillo que le han puesto de más con el café, mi amiga Marta Sánchez 2 asegura que no necesita a los tíos para nada.
Estamos en el Café y Té de Independencia, viendo pasar a la gente por la calle, como desde dentro de una pecera y con el mismo aburrimiento que dos de esas algas de plastiquete que suelen adornarlas. Ya se nos han acabado los temas de conversación: este año no hay nada que valga la pena en las rebajas del Zara, hay que ver cómo está de bueno Jesús Vázquez, qué barbaridad qué suerte su marido, no hay que irse de la Expo sin probar la cerveza polaca, eso sí, si consigues que alguna de las camareras vestidas de rojo y negro y claramente confabuladas en plan peligrosa secta de cheerleaders con cola de caballo para que te vayas de allí sin beber, se digne a acercarse a tu mesa.

Yo le digo que tampoco hay que pasarse. Que quizás no le hacen falta para casi nada, en realidad, pero que para algunas cosas tener churri sí que viene bien.
¿Ah, sí?, dice, desafiante, pues ya me dirás, porque yo ni zorra idea de para qué me hace falta a mi un tío.
¿Para que me ronque al lado por las noches, no?
¿Para que termine el brick de leche y se le olvide avisar? Avisar eh, ya no digo comprarlo él en el Mercadona, ya no estamos hablando de que estire el brazo y coja del estante la puta caja de semidesnatada marca El Hacendado, fíjate lo que te digo, no se vaya a herniar por sacarse del bolsillo los setenta céntimos. Avisar, ni siquiera guardar la cola en una de las cajas rápidas antes de volver por aquí, a roncarme al lado, a echarme de mi propia cama, a ...
Desconecto levemente y me imagino a Jesús Vázquez en pelota picada, o mejor no, con un bañador bien preto y dorado, tipo burbujo Freixenet, pero sin zapatos ni calcetines, bailando para mí en una habitación toda decorada en rosa, y con un peligroso brillo heterosexual en el fondo de sus ojos. Algo me dice que me espera una gran noche, que ese bañador color oro también le quedaría bien en una corbata si lo llevo de acompañante a alguna boda, a la nuestra, por ejemplo. Él está a punto de abalanzarse sobre mí, he olvidado a todos desde que te conozco, susurra junto a mi oreja. Joder, Jesús, no sabes lo que me ponías ya en La Quinta Marcha, con ese tupé que llevabas y esos mofletillos que tenías entonces, le digo, deslizando mi mano en dirección al sur, ay, Jesús, que va a ser verdad que algunos sueños se cumplen...

Mi amiga Marta Sánchez 2, que antes de la era Olé Olé se quejaba de lo vulgar que era su nombre y después de que los del grupo ficharan a su tocaya empezó a quejarse de lo dura que era la vida cuando una se llama como la tipa más deseada del país, me mira muy seria y me pasa la mano por delante de la cara, como para despertarme de un trance.
-¿Pero has oído algo de todo lo que te dicho, pajarraca?
-Eh, no, puchi, perdona, estaba siendo feliz un rato, ¿qué me contabas?
-Que bien pensado tienes razón, chica. Ayer por la noche me hubiera encantado tener un maromo en casa cuando volví de tomar una copa con los Mariquita Pérez.
-Ves como sí. Que tú tampoco eres de piedra, ya lo sabía yo.

Marta Sánchez 2 hace años que dejó de imitar a Marta Sánchez 1 en su peinado y en los modelitos. Ya no copia sus gestos en el espejo ni se mide las tetas para asegurarse de que las tiene casi tan grandes como su amada enemiga. Pero sigue presumiendo de ser siete años más joven que ella.
-Sí, maja, es cierto. Ojalá el gilipollas de turno hubiera vuelto conmigo anoche a casa, así le hubiera podido ordenar que se cargara al cucarachón que me salió de debajo del frigorífico cuando encendí la luz de la cocina. Tuve que matarlo a escobazos. Qué asco, por Dios.

Le da una calada a su cigarro extra mentolado y me mira a través de la nube de humo color clorofila. Jo, pienso, Marta Sánchez 2 está madurando.